Observar, comprender, proteger

En el sureste de Colombia, jóvenes están aprendiendo a leer huellas, observar los ríos y mirar el bosque con otros ojos. Miguel Ángel Martínez los acompaña en este recorrido, como conservacionista y como hijo de la región.

31/08/2026, NPIRE

La lluvia es tan intensa que el grupo debe tomar una decisión: continuar o regresar. Fray Ricardo Talga es uno de los jóvenes indígenas de El Itilla que participa ese día en la expedición de monitoreo. Pero caminar por los bosques de Guaviare, hogar de tapires, jaguares y pumas, no intimida a estos jóvenes conservacionistas; al contrario. “Fue entonces cuando entendimos lo importante que es trabajar juntos”, dice.

Desde 2025, Miguel Ángel Martínez ha apoyado a jóvenes como Fray en la exploración de la biodiversidad de los bosques del sureste colombiano. Pero para este integrante de ZGF de 31 años, que trabaja en el paisaje de Chiribiquete, los datos sobre fauna y flora son solo una parte del trabajo. “Se trata de aprender a leer el bosque con atención y asumir responsabilidad por la propia región”, afirma el ingeniero ambiental y exguía turístico.

Recorriendo el Río El Itilla ©Hugo Cárdenas

Aprender en los bosques y a orillas de los ríos

Los jóvenes con quienes trabaja Miguel Ángel Martínez provienen de la región de Guaviare: de El Itilla, el único territorio indígena que se superpone con el parque nacional más grande de Colombia, la Serranía de Chiribiquete, o de comunidades rurales cercanas a la Serranía de La Lindosa. Juntos recorren la naturaleza, aprendiendo en las riberas de los ríos, en el bosque o junto a senderos que forman parte de la vida cotidiana de estos jóvenes. El propio Miguel Ángel es originario de la región y se define con orgullo como hijo de Guaviare, un territorio de áreas protegidas y comunidades que han protegido el bosque durante mucho tiempo.

Guaviare se encuentra en la zona de transición entre la selva amazónica y las sabanas de la Orinoquía, sobre las antiguas formaciones rocosas del Escudo Guayanés. La región está entre las áreas más biodiversas de Colombia. Alberga no solo importantes hábitats y corredores de fauna, sino también pinturas rupestres milenarias que constituyen algunos de los testimonios arqueológicos más significativos de la Amazonía colombiana.

Sin embargo, la región enfrenta una fuerte presión: la deforestación, la ganadería y la agricultura ilegal avanzan cada vez más hacia estos paisajes, incluidas las zonas de amortiguamiento del Parque Nacional Chiribiquete. “Una comprensión consciente de la naturaleza es una base esencial si queremos construir activamente el futuro de nuestra región”, afirma Miguel.

Cuando los jóvenes salen al campo con él todo suele comenzar con una observación cuidadosa: encontrar huellas, identificar plantas, escuchar cantos de aves. Pero también aprenden a medir niveles y calidad del agua, así como a instalar y analizar cámaras trampa. Con libros y teléfonos inteligentes identifican aves, mamíferos y peces, y comparten sus hallazgos e historias en redes sociales. Con el tiempo, esto fomenta una conciencia más profunda sobre el paisaje y los cambios que ocurren en él.

Miguel Ángel ha tenido una mirada atenta hacia el paisaje desde joven. Incluso antes de terminar la escuela, acompañaba a su padre, quien trabajaba como conductor para organizaciones ambientales, en recorridos por la biodiversa región de Guaviare. Allí, donde se encuentran la sabana y la selva tropical, observó el entusiasmo con el que científicos hablaban de animales, plantas y paisajes.

En ese momento aún no conocía el término “conservación”. Pero la fascinación que esas personas sentían por su tierra natal permaneció con él y definió su camino futuro: decidió formarse en el Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA), una institución pública de educación y formación técnica en Colombia. Después trabajó como guía turístico, mostrando a otros su territorio. Hoy utiliza su capacidad de inspirar a las personas sobre su entorno para ayudar a proteger la fauna silvestre y sus hábitats.

Tres semanas en el parque nacional

“La parte más difícil es ganar y mantener la confianza”, explica. Especialmente en regiones donde proyectos anteriores fueron de corta duración, la colaboración requiere sobre todo tiempo. ZGF lleva más de 20 años trabajando para proteger el Parque Nacional Chiribiquete y los paisajes que lo rodean. Gracias al Legacy Landscapes Fund, la cooperación a largo plazo en el territorio está garantizada al menos por otros 30 años.

En el resguardo indígena, Miguel Ángel Martínez sentó deliberadamente las bases de esa confianza mutua: antes de comenzar a trabajar con los jóvenes, pasó alrededor de tres semanas en El Itilla. Esto le permitió comprender mejor lo que es importante para las personas que viven dentro y alrededor del parque nacional e involucrarlas en el proceso. El conocimiento de los mayores desempeña un papel fundamental en la observación de la naturaleza. Los miembros mayores de las comunidades compartieron saberes sobre animales, plantas y estaciones del año, conocimientos transmitidos de generación en generación.

Mantener el registro de los cambios

Algunos de los jóvenes de El Itilla —entre ellos Fray— continúan comprometidos con la conservación de la biodiversidad de su territorio más de un año después de su primera expedición con Miguel Ángel Martínez. Desde entonces han instalado cuatro cámaras trampa, que revisan mensualmente y cuyos registros analizan en conjunto.

La información recopilada también está apoyando actualmente procesos de toma de decisiones dentro del resguardo indígena de El Itilla. Ayuda a la comunidad a interpretar mejor los cambios estacionales de los ríos, monitorear especies importantes y tomar decisiones informadas para su territorio. “Lo que hacemos crea sentido de pertenencia”, dice Miguel Ángel Martínez. “Espero que las comunidades se conviertan en un fuerte colectivo de conservacionistas que impulse el desarrollo sostenible de la región”.

Miguel y Fray haciendo monitoreo ©Hugo Cárdenas

Turismo sostenible en Guaviare

Hace apenas unas décadas, el turismo en partes de la región de Guaviare carecía en gran medida de regulación: los vehículos cruzaban ríos, los senderos de caminata estaban llenos de basura y sitios naturales y culturales frágiles sufrían daños.

Trabajando junto a comunidades rurales, Miguel Ángel Martínez no solo apoya el monitoreo de la biodiversidad, sino también estudios sobre cómo proteger mejor sitios sensibles de La Lindosa —como Cerro Azul y el Raudal del Guayabero—, y estos esfuerzos ya están dando resultados.

Hoy, guías locales acompañan a los visitantes por la región, mientras nuevas regulaciones y medidas de protección ayudan a preservar bosques, ríos y pinturas rupestres milenarias. Los resultados de estos estudios también han contribuido a lineamientos nacionales para visitas a sitios de arte rupestre, fortaleciendo la protección del patrimonio natural y cultural de La Lindosa.

Encuentros salvajes

Junto con Miguel Ángel Martínez, jóvenes del Parque Nacional Chiribiquete y sus alrededores ya han observado una gran variedad de especies durante expediciones por la selva amazónica, excursiones botánicas y mediante cámaras trampa. Solo en un taller registraron 15 especies de mamíferos, entre ellas el jaguar (Panthera onca) y el puma (Puma concolor), así como varias especies de aves terrestres como paujiles y trompeteros.

Entre las observaciones más emocionantes para los jóvenes estuvieron el pecarí de collar (Dicotyles tajacu), una especie de cerdo silvestre, y el agutí negro (Dasyprocta fuliginosa), un roedor del tamaño aproximado de una liebre. Ambas especies cumplen un papel importante en la dispersión de semillas y, por lo tanto, en la regeneración del bosque. El venado colorado (Mazama americana), también registrado por una cámara trampa, posee un significado cultural y espiritual para muchas comunidades indígenas.

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